
Más allá del coche, la moto y el transporte público, recogemos el testimonio de diversas personas que se desplazan por la ciudad condal a pie, en patinete eléctrico, bicicleta y furgoneta
A las seis de la tarde, cuando Barcelona se aprieta sobre sí misma, el espacio público se convierte en un tablero compartido. No hay gritos ni sirenas constantes, pero sí una tensión sorda: bicicletas que adelantan, patinetes que zigzaguean, furgonetas que buscan dónde detenerse, cochecitos que avanzan como pueden y peatones que cruzan con la sensación de jugarse algo más que el semáforo. Seis voces explican esa batalla incruenta.
“Para mí moverme en patinete eléctrico por Barcelona es algo cotidiano, casi como desayunar”, cuenta Leidy Forero, usuaria habitual. Pero esa normalidad convive con la fricción. “El espacio urbano es limitado y durante mucho tiempo ha estado muy orientado al coche. Ahora hay peatones, bicis, patinetes, riders… Hay espacio, pero requiere rediseño, normas claras y cultura de convivencia”. Leidy nota la diferencia entre tramos amplios, como la Diagonal, donde “la convivencia fluye”, y otros donde el carril es “un cuello de botella” invadido por motos, furgonetas o peatones despistados. “A veces te miran como si fueras el problema. El patinete se ha convertido un poco en el nuevo culpable”.
En el carril bici también pedalea Àngels Pons, usuaria de Bicing. “Debe ser posible la convivencia; todos vivimos en la ciudad”, defiende. Pero enumera obstáculos: vehículos que ocupan el carril para descargar, taxis que se detienen “un momento”, patinetes o riders que circulan “a mucha más velocidad”, peatones que cruzan en rojo o fuera del paso. “En calles como Enric Granados es habitual”. Àngels ha visto crecer la red ciclista y también la competencia. “Ahora tienes que ir con más cuidado”. Y añade otro frente menos visible: estaciones sin bicicletas o sin anclajes libres. “Cuando tienes hora de llegada, no saber dónde dejarla es muy molesto”.
Desde la calzada, Genís Peris, repartidor en furgoneta, observa otra cara del mismo mapa. “Sí que es posible la convivencia, pero siempre que se respeten las reglas del código de circulación”, afirma. Sus dificultades son concretas: “Demasiado tráfico, muchas obras, cada día más calles peatonales y pocas alternativas”. Las zonas de carga y descarga “no son suficientes” y a menudo están ocupadas. “Treinta minutos a veces no bastan”. Percibe las molestias que genera su vehículo, pero señala a la administración: “Debería haber alternativa; eso es trabajo de las administraciones”. Y, sin embargo, niega sentirse un intruso: “La gente que demanda el producto es consciente; recibes apoyo y empatía”.
En la memoria de Ricardo Schuch, la presión del reparto ha cambiado. Trabajó entre 2017 y 2018 como rider y hoy observa un modelo más regulado. “El nuevo sistema acomoda mejor los tiempos entre pedidos y no hay tanta presión”, explica. Destaca la multiplicación de carriles bici y la vigilancia policial como factores que aportan seguridad. Su principal dificultad no estaba tanto en la circulación como en los accesos: “Faltaba claridad en algunos establecimientos y comunidades para entrar con la bici”. También percibía impaciencia de algunos conductores cuando debía circular sin carril señalizado. “Pero no veo el carril como zona de conflicto; suele estar bien indicado”.
A pie de calle, Emilio Marí, a sus 80 años, relativiza el miedo pero no los riesgos. “Es posible la convivencia, pero el diseño urbano no favorece”, sostiene. Señala especialmente los carriles bici de doble dirección, como el de Provença. “Es mortal. Los turistas miran hacia los coches y no hacia el otro lado”. Ha visto conflictos y algún atropello. Le preocupa la proliferación de patinetes rápidos cuando invaden aceras estrechas. “La acera no es un refugio, es una distribución del espacio. Si se invade sin control, debería sancionarse”.
Empujando un cochecito, Noemí Martí siente la ciudad a ras de suelo. “Es posible convivir, pero debe haber civismo”, dice. Su batalla diaria se libra en los cruces. “En la Diagonal me discuto prácticamente cada día. Si la luz no está roja del todo, pasan por detrás a un palmo”. Con el cochecito la visibilidad es menor y cualquier obstáculo en la acera se multiplica. “No es amable Barcelona con los padres que llevan cochecito”. En el autobús, comparte espacio con sillas de ruedas y otros cochecitos: “Muchas veces dejas pasar uno o dos esperando uno más vacío”.
Seis miradas, seis verdades que no se anulan entre sí. Todos reclaman respeto y normas claras. Todos sienten que el espacio es finito y que la ciudad está en transición. Entre la urgencia del reparto, la agilidad del patinete, la constancia de la bici, la logística de la furgoneta, la fragilidad del peatón mayor y la vulnerabilidad del cochecito, Barcelona ensaya cada día su equilibrio. La batalla no deja heridos visibles, pero sí una conclusión compartida: sin diseño coherente y sin cultura cívica, cualquier carril puede convertirse en trinchera.
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